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En todo el mundo dioses, leyendas, personajes y héroes tratan de explicarlos. La ciudad de  Juana Koslay no es diferente al  resto, posee una  leyenda de la  tribu  que  habitaba  la  región  donde  relata  cómo  es  que  ésta  tierra  tiene  la inmensidad de colores y aromas que hechizan a  su contacto.

Seguro, al menos una vez después de conocer la ciudad de Juana koslay, surge la pregunta cómo es posible tanto color hermosamente dispuesto en cada  rincón de  la naturaleza.

Tal vez, si se remonta la imaginación a fines del siglo XVI se pueda encontrar una respuesta a esta inquietud y posiblemente sea de la mano de una leyenda que habla de una  joven mujer que  jamás murió  ya que  su  espíritu  se renueva cada estación del año en cada color y aroma del paisaje de  Juana Koslay.

Esto sucedió hace muchos años cuando la tierra, el viento y el agua se comunicaban con las personas que poseían el atributo de saber escuchar y que conocían el  sentido de  la  libertad y del  tiempo.

Arosena, hija del cacique de la tribu, era el ser más espontáneo del lugar. Tenía  las  cualidades  del  desenfado  y  la  prudencia,  había  descubierto  la esencia de  la madre naturaleza y cuando miraba veía más allá de sus colores y formas, podía  sentirla, acariciarla.

Era una  joven que había nacido  cuando  el  invierno  se despedía trayendo con su espíritu nuevos despertares y variedades exóticas de aromas para ofrecer a  la primavera que  llegaba.

Era una mujer de ojos profundos con mirada  serena cargada de estrellas. Su  voz, urgente,  timbrada de dulzura  y  firmeza, hacían que el  viento soplara con más  fuerza para  regar de alegría al valle.

Acostumbraba  sentarse  a  orillas  del  río  donde  se  acomodaba apoyando su mano en la cara con gesto de meditación,  perdiendo su mirada en el horizonte como proyectando sueños; otras veces miraba su interior recreando ese espacio, ese momento que no existe pero que preocupa para seguir viviendo, que se  llama  futuro.

 Solía caminar con sus pasos lentos, firmes y fuertes hastala CuestaVieja, allí donde los ríos se unen para formar uno; y comenzaba a danzar … lograba que  sus  pies  volaran  y  que  nunca  tocaran  el  suelo,  era  magia,  potencia…  y  contagiaba.

Rebozaba vida y la irradiaba. El pelo al viento, una sonrisa abierta, ruidosa y vivaz con matices de picardía y muy pegadiza  lograban que el ambiente se hiciera más intenso provocando el cambio de ánimo de su gente y de todo ser vivo que  la viera existir.

Arosena    a veces  lloraba  y  nada, absolutamente  nada  se comparaba  a  su  llanto,  las manos  de  quien  pudiera consolarla eran  impotentes frente a la zozobra. Tenía la capacidad de compartir sus dolores y angustias cuando su corazón era desbordado por  los  sucesos  de  la  vida misma.

Sus lágrimas y  sus  defectos  la  hacían sensiblemente  humana  y  mujer. Dentro de la tribu  por  su  particular capacidad  de  entender hasta  los pensamientos más íntimos,  muchas  veces, dejó  sin  palabras  a  los sabios.   Así   fue  como percibió lo que iba a ocurrir y  aconsejó  a  su  padre  no resistir  al  invasor ,  tratarlo con respeto, brindándose a sí misma como ofrenda de paz.

 Era  artífice de artesanías, sus manos de dedos largos y fuertes eran capaces de modelar los objetos que se le pidieran y; más aún, también poseía el don de comunicar sus sensaciones con  todo el cuerpo,  la palabra y el silencio. A veces  tenía una apariencia como de inmutabilidad frente a lo cotidiano pero lo cierto es que su existencia era puro  sentir .

Su expresión soñadora y su feminidad revelaban su linaje hecho de sensualidad, astucia, timidez y pudor . La vida le permitiría demostrar que  también  era  fuerte en  su  rebeldía y  resistencia.

Aquella mañana salió de su valle, cruzó la montaña y fue al río a buscar raíces. Sintió un silencio poco común, intuyó que algo no estaba bien, a orillas del cauce recibió la noticia de que hombres blancos merodeaban la región, mujeres de otras  tribus  lo comentaban mientras  recogían  alimentos para escapar .

Intuyó que se venían tiempos de cambio, nadie en su tribu, ni ella misma estaban preparados para este  futuro.

Su mirada quedó clavada en el suelo, su rostro se llenó de tiempo, sus manos se paralizaron y sus pensamientos  llenaban su mente de  locura. Parecía que  el  terror se hubiese  instalado allí donde el sentido no existe. Todo era presagio de un  triste  final.

Arosena tenía la certeza de que la libertad era la sensación de sentirse uno mismo, de elegir cómo y con quiénes vivir , de ser y no temer , de temer y poder ser , de tomar y asumir riesgos, de vivir sin traicionar las ideas y convicciones propias ¿Quién podía imaginar que el día de probar estas convicciones había  llegado?

Y  todo cambió. Los  europeos  sellaron  con  su  llegada  un  antes  y  un  después rotundo,  irreversible en  todos  los aspectos.

El pasado resultó ser lo que los sabios sostenían: “todo aquello que moldea, que marca y que permite saber de dónde venimos pero no adónde vamos, que nos enseña pero que  también puede atarnos, atraparnos…”

Era un día de  intenso  calor  cuando  los españoles  llegaron  a  las tierras de Arosena. Desmontaron en medio de un  silencio  solemne…

Ellos  tenían  las armas, ellos hablaron primero. Recitaron  fórmulas – las  cuales  fueron  intuidas  por  los  indios  como  sentencias  de  esclavitud  –  e intentaron tomar prisioneros. El cacique ofreció entonces agua y alimentos para pactar una convivencia en paz… y el español, pareció entender .¡¿Quién más que Arosena,  la mujer de ojos oscuros y  tez mate, descendiente de esta tierra para dar el primer paso?! Ofreciendo un canasto con piquillín y algarroba, se paró  frente a ellos y miró al  invasor a  los ojos,  tenía el coraje que proporciona el ser uno mismo –su mayor fortaleza y su mayor debilidad. Esa fuerza  le venía de conocer y sentir  la  libertad y de entender que el pasado y el  futuro se hacen en el presente.

El español aceptó el obsequio y  la bautizó como cristiana dándole el nombre de  Juana Koslay. Se casó con uno de ellos convirtiéndose en origen de los puntanos.

Otras doncellas de la tribu también lo hicieron y debieron partir con sus esposos a tierras lejanas. Aquellas sonrisas  felices de antes fiel reflejo del goce de la libertad, se convirtieron en caras  serias y miradas de  tristeza  infinita.

Dicen  que  Arosena  tardó  en  partir ,  aún  vivía  en  su  tierra  pero añoraba  sus paseos por el  valle  con el  viento en  la  cara. Entonces  recordó  las palabras de  los  ancianos para  alimentar  su  esperanza  agotada por  los  sucesos acaecidos que hacían encoger su corazón: “el agua se purifica fluyendo y el hombre se purifica avanzando”. Había que seguir … en el  interior de  todos  los  inviernos anida una primavera…

 La noche anterior a la partida con su marido Arosena se encontraba a orillas del  río y el espíritu del pueblo  le habló,  le confesó sentires  referidos a  la vida transcurrida  y  trascendida;  fue  un  diálogo  extenso,  único,  lleno  de estremecimientos. Al despedirse, el espíritu dijo ”Un poco de mí no ha muerto, vivirá eternamente en la esperanza que reside dentro tuyo, Arosena, eres la única de nosotros que aún posee alma, espíritu y sentir y mientras vivan en tu interior nunca van a dejar morir la existencia de éste pueblo porque eres  la vida misma”.

Entonces  la  madre  naturaleza,  quien  había  presenciado  este momento,  sentenció: “Arosena, desde hoy  tu espíritu pertenece al viento, al agua, a  la  tierra y a  las plantas de este lugar . Toda tu existencia pintará con los colores más hermosos y brillantes cada rincón de este espacio vital. Y tu voz, tus sueños, tu mirada, tu magia, tu sonrisa, tus angustias,  tu danza,  tus  silencios,  tus palabras quedarán grabados para dar vida a esta  región”.

Y es por esa sentencia que cada ser vivo que habita estas  tierras disfruta  las maravillosas sensaciones que ofrecen  los colores y aromas que encierra el paisaje de  Juana Koslay.[1]



[1] Gomez, Beatriz y Zanluchi, Ma. José, “Los Silencios toman la palabra”. 1° Ed. San Luis


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